Nuestro lema es , llueva, truene, o caigan chuzos de punta, la pandilla queda para salir. Si no se sale a la montaña, se almuerza con toda tranquilidad en algún pueblo o donde se le ocurra a algún iluminado. Como podréis apreciar, el pretexto es salir. Ha estado lloviendo estos dos últimos días y hoy también a amanecido igual, pero nada que no se pueda solucionar con un chubasquero o un paraguas.

Una parada en Castellón, en un bar que tenemos fichado, llegamos para colocar nuestras posaderas y dar cuenta de los excelentes almuerzos que nos prepara nuestra amiga Maruja.
Para rebajar algo después de este periodo de gula, decidimos acercarnos al Desierto de las Palmas. Que si aquí, que si allá, al final nos dirigimos hacia el barranco de Miravet, para en un principio subir por una senda que recorre la vertiente oeste de las agujas de Santa Águeda y llegar con un poco de suerte hasta el collado, desde donde tendríamos vistas a las dos vertientes. Digo con un poco de suerte porque entre que llovía, la senda que formaba parte de las torrenteras y lo cargaditas que estaban las plantas y arbustos que nos llegaban a las axilas y mas allá… no hay que tener un ojo clínico para deducir como acabaríamos.

Pero haciendo honor al acertado dicho que en nuestro caso nos viene al pelo, “sarna con gusto no pica”, nos decidimos, así que “pa riba” que fuimos.
Puede que parezca que estamos para que nos encierren, pero os aseguro que ver esta sierra que habitualmente carece de agua en arroyos y torrenteras, es un privilegio que de repente estés rodeado de cursos de agua que aparecen por todos los lados.

Como era de esperar, llegamos hasta el collado, ayudados por una gran dosis de sensaciones, y otra de visión, ya que a pesar de lo gris del día, del valle brotaban los diferentes tonos de verde, y en las laderas resaltaban los rojos del rodeno…¡ todo un espectáculo!.
Como digo, una vez en el collado, la teoría era volver por nuestros pasos hasta los coches. Eso es, por eso le llaman teoría, porque a la práctica no se le parece en nada. La bombillita se le encendió a alguno que siempre esta maquinando, y convenció a los demás de seguir y hacer la ruta completa, que en otras ocasiones hemos hecho. Más mojados no nos vamos a poner, alegaba el iluminado, mi respuesta fue que si conocía a un tal Murfi, pero por lo visto no debía conocerlo (digo el pecado no el pecador). Baja que te baja, dejó de llover y cruzando innumerables e improvisados arroyos, llegamos a la cota mas baja, cerca de la carretera de la sierra. Desviándonos para subir por el barranco de la Comba, llegamos a enlazar con la carretera que lleva hasta los coches.
Calados hasta los huesos terminamos la excursión, pero un cambio de ropa solucionó la “sarna”.
Un día completo y una ruta de cinco estrellas pasada por agua, mucho más de lo que podíamos esperar al principio del día.
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NOTA: En ocasiones, aún en contra de nuestra lógica es bueno hacer caso del ocasional lumbreras, encontraremos el ingrediente perfecto para una casiaventurilla.
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